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La cuenta que siempre se paga: El pH y el saqueo de nuestros propios muros

  • Foto del escritor: alvaro ramirez medina
    alvaro ramirez medina
  • hace 7 horas
  • 5 Min. de lectura

Ayer en consulta mientras observamos con detenimiento y admiración el medio interno de una persona surgio la pregunta: ¿Oye Alvaro y eso del PH, alcalinizarse, etc…? que es, no hago mas que verlo en redes pero no entiendo bien que significa, demasiado infoxicación de información, pues bien os lo voy a esplicar como a mi me gusta a modo de historia para que no os aburrais


Miren ustedes, en este mundo de charlatanes y soluciones de tres al cuarto, nos han vendido la moto de la “alcalinidad” como si el cuerpo fuera una piscina municipal que uno arregla echando un chorro de cloro. Pero la biología, esa vieja y sabia puta que no perdona errores, no funciona así. En el organismo, como en los tercios de Flandes, cada cual tiene su puesto y su misión. Y ay de aquel que confunda la retaguardia con la vanguardia.



1. No hay una paz única: El mapa de las fronteras

El pH no es una cifra alegre. Es una escala de vida o muerte que va del 0 al 14. Y escuchen bien: la homogeneidad en el cuerpo sería nuestro entierro. Cada rincón de nuestra geografía interna exige su propio clima para que la maquinaria no se gripe:

  • El Estómago: Un pozo de ácido (pH 1.5 a 3.5). Tiene que ser así para deshacer la carne y aniquilar a los polizones que entran con la comida. Un estómago alcalino es una puerta abierta al enemigo.

  • La Piel: Nuestra muralla exterior. Es ácida (pH 4.7 a 5.7) para que las bacterias se lo piensen dos veces antes de intentar el asalto.

  • La Sangre: Aquí no hay democracia. El rango es de 7.35 a 7.45. Ni un milímetro más, ni uno menos. Es el dictador que mantiene el orden en el cuartel.



2. El Dictador de sangre caliente

La sangre es el oficial al mando. Si su pH baja de 7.35 (acidosis) o sube de 7.45 (alcalosis), se acabó la función. Las células tiran las armas, las enzimas se declaran en huelga y usted se va al otro barrio en menos de lo que tarda en santiguarse un pecador. Por eso, el cuerpo nunca permite que lo que usted coma acidifique la sangre. Jamás. Antes prefiere quemar las naves.



3. El precio de la estabilidad: El saqueo de las reservas

Aquí es donde la cosa se pone fea. Cuando usted se atiborra de azúcares refinados, procesados de bolsa y carne industrial, o cuando el estrés le tiene el alma en un puño, el cuerpo genera residuos ácidos. Y como el pH de la sangre es innegociable, el organismo activa sus defensas:

  1. Los “Buffers”: La infantería química que neutraliza al momento.

  2. La Respiración: Soltamos lastre ácido exhalando CO2

  3. El Sistema Óseo (El último recurso): Si lo anterior falla, el cuerpo hace lo que cualquier ejército desesperado en una ciudad sitiada: saquear sus propios templos.

Para que la sangre no se acidifique hoy, el cuerpo le roba el calcio y el magnesio a sus propios huesos. Le deja a usted una estructura de cristal, una osteoporosis de manual, a cambio de mantener ese 7.4 de pH en las venas. La sangre se salva, pero el armazón se desmorona. Es la acidosis metabólica de bajo grado: un robo silencioso que no sale en los análisis de sangre, pero que le va vaciando por dentro.



4. La logística de la supervivencia

Puesto de Guardia

pH Ideal

Misión en combate

Sangre

7.35 – 7.45

Vida. No se negocia.

Saliva

6.5 – 7.5

Primera defensa y digestión.

Intestino

7.0 – 8.5

Neutralizar el fuego ácido del estómago.

Vagina

3.8 – 4.5

Un foso ácido contra invasores.



El equilibrio del viejo soldado

No se trata de ser “alcalinos”, eso es una milonga para vender libros. Se trata de no obligar al cuerpo a canibalizarse.

Si no quiere terminar con los huesos como papel de fumar, dele a su organismo los suministros que necesita: vegetales (potasio y magnesio para pagar la cuenta de los ácidos), agua de verdad y, sobre todo, temple. Porque el estrés suelta cortisol, y el cortisol es como un incendio en el polvorín: altera el equilibrio y acelera el saqueo mineral.

Coma como un hombre que sabe lo que cuesta mantener la plaza, respire hondo y no deje que su propia sangre tenga que robarle a sus huesos para seguir fluyendo.

Hablemos de quiénes son los que realmente nos están cobrando esos impuestos revolucionarios.



El Rancho de Combate: El PRAL y la logística del saqueo

En nutrición no importa el sabor, sino el residuo. El limón sabe a rayos pero deja paz alcalina; la carne no sabe a ácido, pero en las calderas del metabolismo se convierte en puro azufre. Es lo que los técnicos llaman el PRAL (Carga Ácida Renal Potencial).

  • Los Agitadores (PRAL Positivo): Los quesos curados son los peores; un trozo de Parmesano es como un destacamento de artillería disparando contra su reserva de calcio. Súmele los embutidos, el pan blanco de harina muerta y esos refrescos de burbujas cargados de ácido fosfórico. Son alimentos que no aportan nada y lo exigen todo.

  • La Intendencia (PRAL Negativo): Las espinacas, las acelgas y el brócoli son sus aliados. No solo alimentan; traen consigo el potasio y el magnesio que “pagan la cuenta” de la acidez. Si se come un filete, que la mitad del plato sea verde, o estará dejando su esqueleto a merced de los recaudadores.


El Enemigo Invisible: El Estrés y el Cortisol

Pero ojo, que uno puede comer como un cartujo y estar pudriéndose por dentro. El estrés no es una emoción moderna, es un proceso químico brutal. Cuando usted vive con el alma en un hilo, sus glándulas suprarrenales escupen cortisol.

El cortisol es un mercenario peligroso. Para darle a usted energía con la que huir de sus fantasmas, el cortisol descompone sus propios tejidos. Ese proceso genera una marea de residuos ácidos que la sangre, en su eterno empeño por no morir, debe neutralizar. ¿Y de dónde saca el material? Exacto: vuelve a saquear el hueso.

Usted puede atiborrarse de ensalada, pero si vive en un estado de cólera o ansiedad constante, su propia mente está enviando órdenes de demolición a sus rodillas y a su columna.



La Respiración: La Válvula de Seguridad

Hay algo más, algo que casi todos olvidan por pura ignorancia. El ácido más común en el cuerpo es el CO2. Si usted respira como un conejo asustado —corto, rápido, de pecho—, no expulsa el dióxido de carbono. Ese gas se queda en su sangre convertido en ácido carbónico.

Unos minutos de respiración honda, de esa que baja hasta la tripa, hacen más por su pH que diez botes de suplementos caros. Es como abrir las ventanas de un cuartel apestoso: el aire limpio entra y el ácido sale por la boca

 
 
 

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